Pablo Bustinduy

Representación y desbordamiento

In COLABORACIONES, POLÍTICA on mayo 28, 2014 at 11:26 pm

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Por Germán Cano, Jorge Lago, Eduardo Maura, Pablo Bustinduy y Jorge Moruno

Hay un hilo narrativo que comunica dos puntos improbables. En la noche electoral de 2004, miles de jóvenes se reunieron frente a la sede de Ferraz ondeando banderas republicanas y coreando “No nos falles” a Zapatero asomado en el balcón. Siete años después, las plazas de toda España estallaron con un diagnóstico compartido e inapelable: “No nos representan”. Entre uno y otro momento se produjo una clara ruptura de la lógica política de la representación, que ha funcionado sistemáticamente como un mecanismo de enajenación de las capacidades políticas de los ciudadanos.

Mucho se ha discutido desde entonces sobre el carácter irrepresentable del 15M, sobre ese clamor de democracia e igualdad que supuso el principio del fin del régimen del 78, sobre las formas y las prácticas con que transformar ese anhelo poderoso en la afirmación sostenida de una vida diferente. En el marco de esa discusión, creemos que la irrupción espectacular de Podemos plantea una serie de preguntas fundamentales. En la noche electoral del 25M, por ejemplo, las miles de personas congregadas para celebrar ese triunfo en la plaza del Reina Sofía recibieron a los candidatos entre gritos espontáneos de “Que sí nos representan”. ¿Quiere esto decir que esa ruptura del contrato representativo ha sido desmentida por Podemos? ¿Qué estamos ante un retroceso de esa lógica radical de democratización desde abajo que se expresó de forma tan nítida hace poco más de tres años?

A dos días de las elecciones: por qué votaré Podemos

In POLÍTICA on mayo 22, 2014 at 5:33 pm
Acto de Podemos en Berlín. Pancarta diseñada por Ramón Rodríguez

Acto de Podemos en Berlín. Pancarta diseñada por Ramón Rodríguez

Hace ahora cuatro meses escribí un artículo sobre la experiencia naciente de Podemos. El texto tenía algo de tripas y mucho de corazón, y en el fondo se reducía a martillear una sola imagen: la idea de un proceso político que no se pareciera a una línea recta ni a una trayectoria que gira alrededor de un centro, sino algo más próximo a la espiral, a un vector que se replica y se transforma, una imagen de crecimiento, un reflejo que se multiplica al infinito. Entonces le di a esa idea el nombre del desborde, y la apoyé sobre una apuesta sencilla: el proyecto de Podemos, que nacía entonces con apenas un puñado de manos y tantas ideas que no cabían en las cabezas, sólo podría tener sentido si se veía sorprendida, violentada, superada por algo mucho más grande que sí misma. Podemos, esa era la idea central del asunto, era desde el principio una apuesta por su propia superación, y sólo si se desbordaban todas sus previsiones, todas sus intenciones, incluso todos sus deseos y expectativas, sólo entonces podría servir su propósito y hacer que toda esa ilusión y ese empeño pusieran los pies en la realidad.

Pese a no esconder el entusiasmo, ese texto también estaba sembrado de dudas. Los tiempos eran cortos, la oportunidad precaria, las fuerzas tremendamente limitadas. Y sin embargo una leve sensación de urgencia, casi de inevitabilidad, afirmaba que resultaría complicado volver a encontrarse con un escenario parecido. Que el potencial para unir las palabras y las cosas era grande. Que se trataba de excavar en un lugar abierto, cuyo centro (por recuperar una expresión medieval) estuviera en todas partes y su circunferencia en ninguna, un lugar común donde cada vez quisiera estar más gente, donde cada vez costara más no querer estar. Pese a todo lo que se ha dicho y se seguirá diciendo, Podemos no nació para conseguir un escaño (ni tres, ni cuatro) en el Parlamento Europeo. Podemos nació para desbloquear un escenario político en el que la asimetría entre la mayoría social del país y las mayorías artificiales del sistema electoral se ha hecho insoportable. Podemos nació porque las alternativas existentes para resolver esa asimetría han demostrado un techo (en los tiempos, los discursos y los hechos) que no es posible aceptar como si fuera una fatalidad. Podemos nació como un ariete de esa mayoría ciudadana que se rebela contra el austericidio, defiende los derechos sociales y los servicios públicos, demanda una economía al servicio de la gente y una vida en común radicalmente democrática. Y desde el principio su suerte ha dependido de una sola cosa: que los ciudadanos o reconocieran esa herramienta como propia. Que decidieran utilizarla en su provecho para esa lucha general por la democracia.

A 48 horas de las elecciones, en plena agitación de la campaña, es difícil dar con la perspectiva necesaria para evaluar trayectorias y razones. Pero una cosa es innegable: ese proceso de desborde no solo ha sucedido, sino que sigue generando esa sensación de no bastarse, de tener dimensiones que aún ignora, potenciales que apenas se dejan intuir. En los actos de Podemos se repite que la campaña se queda corta, que cada día hay más fuerza que el anterior, que hay más gente, más motivada y con más ilusión. Incluso muchos de quienes reaccionaron con escepticismo, frialdad o antipatía ante la iniciativa (y a menudo por muy buenas razones, algunas aún vigentes) han decidido sumarse, o han moderado sus miedos, o piensan de buena gana en maneras de sumar esfuerzos en un futuro más o menos cercano. El desborde genera sorpresa, genera ganas de mejorar y crecer, de ser crecimiento.

Y esa es precisamente la clave: que esa sensación de crecimiento no tiene mucho que ver con la aritmética electoral. Se trata de intuir lo de después, un después que es ahora mismo, que a la vez viene de lejos y apenas comienza. Lo importante no es que Podemos vaya a convertirse en un actor de primer orden en la política nacional. Ni siquiera imaginar la proliferación de candidaturas y alianzas ciudadanas para las municipales del año que viene. Podemos, hay que repetirlo una y mil veces, no es un intento de modificar los equilibrios de superficie en el mapa electoral: para eso hay otras opciones perfectamente válidas. La tarea de Podemos, de la herramienta y el proceso político que se llama Podemos, es multiplicar el seísmo subterráneo que está llamado a revolucionar ese paisaje. Es el movimiento constituyente que reordene radicalmente cada uno de los nombres, cada uno de los lugares, cada uno de los sentidos que administran ahora mismo este país. Es el proceso popular que conduzca a una democracia económica, política y social que es el anverso exacto del orden que nos gobierna.

A pocas horas de las elecciones, siento la necesidad de lanzar dos últimas reflexiones. La primera es valorar el trabajo incansable, titánico, ejemplar, de tantos y tantas compañeras que se han dejado la piel en hacer que ese desborde esté siendo posible. Claro que no se trata simplemente de agradecerles el tiempo, el sacrificio y el empeño. Se trata de reconocer también lo que han demostrado, y es que ese argumento que tiende a descalificar las capacidades y las posibilidades de los jóvenes y los ciudadanos de a pie para hacer política (“no están preparados”, “no tienen medios”, “no saben lo que hacen”, “no valen para esto”) no solo es antidemocrático, sino que además es mentira. Lo demostró el 15M y lo ha demostrado la campaña extraordinaria de Podemos: las singularidades asociadas, la democracia de las capacidades, es perfectamente capaz de generar tanta ilusión como eficiencia.

La última reflexión tiene que ver con las razones de mi voto a Podemos. No se trata de recetar justificaciones o argumentarios, cosa que además se me da mal. Pero sí querría lanzar una idea sencilla: votar a Podemos en estas elecciones europeas es votar por una condición de posibilidad. Es votar por la imaginación de un escenario sísmico, en el que las luchas y los procesos democráticos no dejen de desbordarse y alimentarse entre sí. Es imaginar un sujeto múltiple, democrático, poderoso, dispuesto a afirmar su libertad y a labrarse una vida digna, diferente, alegre, común. Por eso yo votaré Podemos.

Podemos (2): el discurso del método

In POLÍTICA on abril 22, 2014 at 5:24 am

Y me encontré, como si dijéramos, obligado a convertirme en mi propio guía

Réné Descartes

Método: del griego μετά (meta, “más allá, después de”) + ὁδός (hodos, “camino, movimiento, viaje”)

Con prudencia cartesiana, Emmanuel Rodríguez alerta en un artículo reciente sobre los peligros asociados a las nuevas formas de organización de la izquierda democrática. “Convendrá repetir, dice Rodríguez, que ni la democracia es una cuestión de método, ni la representación es democrática”. No hay duda de que la frase es poderosa, como también es obvio que cualquiera que haya participado de la existencia temprana de Podemos debería sentirse especialmente interpelado. ¿Acaso no se presentó Podemos precisamente como un método, una herramienta democrática para “mover ficha” y “transformar la indignación en cambio”? Con la perspectiva (escasa) que dan estos tres meses de vida, conviene pues tomarse la crítica en serio, volver a plantearse la relación general entre método, democracia y organización política, y reflexionar sobre los efectos particulares que ha tenido la experiencia de Podemos hasta la fecha.